El caballo perdido del anciano sabio
Había una vez un campesino que vivía con su hijo. Ambos trabajaban la tierra con ayuda de un caballo al que apreciaban mucho.
Un día, el caballo desapareció. Se había escapado.
Un vecino que vivía cerca fue a visitarlos para consolarlos.
—¡Qué mala suerte! —le dijo—. Ahora que se ha escapado el caballo, ¿Cómo harán para trabajar la tierra?
El anciano lo miró con serenidad.
—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién lo sabe? Lo único cierto, por ahora, es que el caballo se ha escapado. Lo demás, el tiempo lo dirá.
Pasaron unos días y, para sorpresa del anciano y su hijo, el caballo regresó. Pero no volvió solo: detrás de él venía una hermosa yegua salvaje.
El vecino acudió de nuevo a felicitarlos.
—¡Esto sí que es buena suerte! No solo recuperaste tu caballo, sino que ahora tienes también una yegua.
El anciano respondió:
—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién lo sabe? Lo único cierto, por ahora, es que el caballo ha regresado con una yegua. Lo demás, el tiempo lo dirá.
Poco después, el hijo del campesino intentó domar a la yegua. El animal se resistió, lo hizo caer y el muchacho se fracturó una pierna.
Después de examinarlo, el médico le dijo al anciano:
—La fractura es grave. Probablemente quedará cojo.
El vecino volvió a acercarse, esta vez para expresar su pesar.
—Qué desgracia. Primero pierdes el caballo y ahora tu hijo cojeará.
El anciano respondió, como siempre:
—¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¿Quién lo sabe? Lo único cierto, por ahora, es que mi hijo se ha roto una pierna. Lo demás, el tiempo lo dirá.
Pasó algún tiempo y estalló una guerra en la región. Los soldados llegaron al pueblo para reclutar por la fuerza a todos los jóvenes.
Cuando llegaron a la casa del anciano, encontraron a su hijo con la pierna todavía lesionada.
—¿Qué te ha ocurrido? —preguntaron.
—Me rompí la pierna intentando domar una yegua —respondió.
Los soldados lo observaron y negaron con la cabeza.
—No puedes marchar con nosotros.
Y se fueron para continuar el reclutamiento.
Cuando los soldados desaparecieron por el camino, el muchacho miró a su padre.
—Ahora lo entiendo.
El anciano sonrió.
—¿Qué entiendes?
—Que aquello que parecía una desgracia terminó salvándome.
El anciano asintió.
—Quizá. Pero no tengas tanta prisa por ponerle un nombre a lo que sucede. A veces creemos que algo es bueno porque nos agrada y malo porque nos duele. Sin embargo, todavía no conocemos sus consecuencias.
El muchacho guardó silencio.
—La vida no siempre nos muestra el significado de las cosas de inmediato —continuó el anciano—. Por eso, cuando algo ocurra, no te apresures a decir «esto es bueno» o «esto es malo». Espera. El tiempo todavía no ha terminado de contar la historia.
Moraleja
No juzgues como bueno o malo lo que sucede; acepta lo que no controlas y concéntrate en cómo responder antes las situaciones que te presenta la vida.
Lección profesional
En los negocios, no todo revés es una derrota ni toda oportunidad es un éxito. Mantén la perspectiva, adapta tu estrategia y concéntrate en lo que está bajo tu control.
¿Quieres seguir leyendo? Puede ser una artículo de la sección de psicoeducación como Creencias limitantes o si lo prefieres otro cuento de la sección de Metáforas: Saber cuál tornillo apretar.
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