100 días bajo el balcón

Una bella princesa buscaba consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todos los rincones del reino, portando fastuosos regalos: joyas deslumbrantes, títulos, ejércitos, promesas de poder y reinos enteros.

Sin embargo, la princesa, deseosa de conocer la verdadera intención de sus pretendientes, impuso una condición para todos:
—Quien desee mi mano deberá pasar cien días y cien noches bajo mi balcón, sin más sustento que la lluvia ni más abrigo que la ropa que lleve puesta. Solo aquel que lo logre demostrará que su amor es verdadero.

Uno a uno, los nobles comenzaron la prueba, pero pocos resistían más allá de unas semanas. Algunos abandonaban al primer día, otros al décimo, y no faltaban quienes intentaban sobornar a los guardias o enviar emisarios en su lugar. La princesa observaba desde su ventana, serena, sin intervenir.

Entre los aspirantes también se encontraba un joven plebeyo. No traía joyas ni tronos. Solo el amor que sentía por ella desde que tenía memoria. Sin dudarlo, se sentó bajo el balcón, decidido a resistir los cien días.

Pasaron las horas, los días, las semanas. El muchacho soportó el sol abrasador, los vientos helados, las lluvias torrenciales y las noches más frías del invierno. Nunca se quejó. Nunca pidió nada. De vez en cuando, la princesa se asomaba por la ventana y le dedicaba una mirada o una leve sonrisa.

La gente comenzó a hablar del joven con admiración. Algunos hacían apuestas. Otros preparaban festejos, seguros de que él sería el elegido.

Finalmente, al llegar el día noventa y nueve, la ciudad entera se volcó a las calles para celebrar el amor. Solo faltaba una hora para que el muchacho completara la hazaña.

Pero entonces, ocurrió lo inesperado.

El joven se puso de pie. Miró por última vez hacia la ventana. Se sacudió el polvo de las ropas, dio media vuelta y, en silencio, se alejó del lugar donde había permanecido casi cien días.

El asombro fue total. La multitud enmudeció. La princesa no supo qué decir.

Semanas después, mientras caminaba por un sendero, un niño lo reconoció y le preguntó:

—¿Por qué te fuiste? Solo faltaba una hora… ¿Por qué renunciaste?

El joven lo miró con tristeza, y dijo en voz baja, con lágrimas mal disimuladas:

—Porque durante esos cien días, ella no bajó ni una sola vez. No me ofreció un abrigo, ni una palabra, ni un gesto de cuidado. Entendí que quien no da nada, no merece todo lo que uno está dispuesto a entregar.
La princesa no fue capaz de ahorrarme ni un solo día de sufrimiento. Ni siquiera una hora. Y entonces lo comprendí todo.

Moraleja: El amor no se prueba soportando el dolor; en una relación de pareja, el amor propio nunca debe sacrificarse.

Lección profesional: Quien exige todo sin dar poco a cambio, termina perdiendo a los mejores talentos de su equipo.

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