Había una vez un pájaro que vivía en un hermoso y frondoso árbol. Cada mañana, cuando el sol comenzaba a asomarse en el horizonte, el pájaro despertaba y escuchaba un canto que le parecía muy desagradable y molesto.
—¿Quién puede cantar así de feo? —se preguntaba con desagrado—. No soporto ese sonido.
Cansado de escuchar ese canto que le irritaba, decidió que debía cambiar de lugar. Voló entonces a otro árbol, uno cercano, más alto y con hojas más verdes. Pensó que ahí podría descansar sin oír ese ruido tan insoportable. Sin embargo, al amanecer, volvió a escuchar ese mismo canto estridente que no le gustaba.
—¡Otra vez ese pájaro! —exclamó sorprendido—. ¿Será que me está siguiendo?
Entonces decidió mudarse a otro árbol, y después a otro más. Lo hizo una, dos, cinco, hasta diez veces. Sin importar dónde se posara, siempre oía ese canto que tanto lo molestaba. No encontraba ni el silencio ni la paz que buscaba.
Finalmente, una mañana, mientras se acicalaba las plumas y se preparaba para cantar, abrió el pico y emitió un sonido. Fue entonces cuando comprendió la verdad:
El canto que tanto detestaba no era de otro pájaro, sino el suyo.
Desde ese día, dejó de huir y aprendió a aceptar su voz, entendiendo que muchas veces lo que nos molesta afuera es un reflejo de lo que no queremos ver en nuestro interior.
Moraleja: No siempre huimos de los demás… a veces huimos de lo que no queremos reconocer en nosotros (as) mismos (as).
Lección laboral: El problema no siempre es el entorno, a veces es la actitud.






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